domingo, 21 de octubre de 2012

El Despertar


Hacía ya mucho tiempo que no veía a niños divertirse, que no sentía sus risas frescas como el agua disipada en una nube. 
   Todo ocurrió una mañana, en donde, entre los sonidos de las pisadas y alguno que otro grito, me despertaron de algo que me pareció un largo descanso. Los observé desde el banco del jardín, jugaban a las escondidas. En la línea de mi vista se interponían varias ramas de plantas víctimas del descuido, alguna que otra flor silvestre y llamativa sobrevivía entre la maleza. Además de eso, el césped llegaba cerca de las rodillas y varios yuyos se habían apoderado de todo el lugar... 
   En su sitio, a la niña le tocó esconderse mientas que el jovencito esperaba, apoyado en un árbol, ocultando de sus ojos el resto del mundo. A su lado, indecisa, la nena buscaba un lugar donde camuflarse, así pasaría por desapercibida y lograría ganar el juego. Giro la cabeza varias veces a su alrededor, pero no se atrevía a avanzar hacia ninguna dirección. En un momento oportuno en que descubrió la casa rebosante de enredaderas cubriéndola, corrió sin más hacia su interior, atravesando antes el espeso, pero angosto, bosque que la separaba de ella. La puerta se hallaba sin nada que impidiera que la atravesara, giró el picaporte y entró. El polvo y las telarañas no la detuvieron, avanzó hasta una habitación contigua al hall y ahí se ocultó. Aguardó de pie hasta el cansancio, se sentó y apoyó la palma de sus manos sobre la panza, se veía hambrienta, esto lo deduje porque sacó de su bolsillo una pequeña galleta y la enguyó. Se aburrió de la espera y comenzó a revisar lo que había en la casa. Como todo se encontraba en orden, salí otra vez y me dediqué a contemplar las flores que antes no había visto. 
  Un rato después, salió de la casa con algo en la mano, agitándolo, como si hubiera descubierto un gran tesoro. Corrió hasta su amigo para mostrárselo, ambos quedaron absortos contemplando aquellas letras que manchan de tinta un retazo de papel que parecía esconder algo, pero, aún así, no tardaron mucho tiempo en esconderlo en un bolsillo para luego continuar disfrutando de la tarde, con sus sombras y luces producto de la calidez del sol, sobre este pequeño y vívido paisaje de cuadro, enmarcado por el aroma del pino que custodiaba la entrada al desolado hogar. 

miércoles, 17 de octubre de 2012

La playa


Una suave brisa le rodea el rostro. Arriba en el cielo las nubes se rompen, y, al hacerlo, producen huecos que dejan traspasar halos de luz. Todo se refleja contra miles de partículas de agua salada. El Sol, aún oculto detrás de la espesa niebla, le da una ligera calidez al paisaje transformando la penumbra en un típico escenario matutino. 
Un cosquilleo en la zona del estómago. Un impulso, y se vio obligada a moverse hacia donde sus pies se dirigían. No hay tiempo para pensar. Hay que apresurar el paso antes de que sea demasiado tarde, antes de que su cabeza reaccione. Antes de que ésta le dé la orden al cuerpo de retroceder... Pronto volvería a ver a ese ser que tanto ha querido durante toda su vida. Se hunde, ahora ella lo sabe. Busca una roca y se sujeta fuertemente de ella. La luz se oscurece y el tiempo parece dar marcha atrás...
Abre los ojos. Lo hace porque una blanca incandescencia le prohíbe mantenerlos cerrados durante mucho más tiempo. Se dirige hacia el final del camino. Lo hace porque oyó una voz... que se le hizo familiar. Una silueta alcanzó a ver, palabras intentó emitir, pero en su desconcierto, lo único que logró fue detenerse en seco en el lugar y comenzar a toser. Todo comenzó a desvanecerse.
Tose boca arriba. ¿En donde está? Es lo que se pregunta ella. No sentía estar muerta, es más, el colchón donde se encontraba recostada no le parecía de algodón, como suelen parecerlo las nubes, más bien era algo áspero. Demasiado familiar. Demasiado real como para ser cierto. Aún no ha logrado ver nada, la sal del agua y el sol la enceguecen, pero aún así percibe como unos labios desconocidos rozan con los suyos. 
Agua. Un asqueroso gusto en la garganta que se acerca a la lengua y sale. Agua que ha tragado ahora está escupiendo. Decepción seguida de desesperación. Estresada, terminó por enojarse con la persona que la salvó. A tal punto que lo último que pudieron haber pronunciado sus cuerdas vocales fue "Gracias". Indignada, se alejó caminando, sin levantar la vista del suelo; sin percatarse de que habían personas observándola, mirando como su vista volvía a nublarse y su mente otra vez se desconectaba de la realidad.