Hacía ya mucho tiempo que no veía a niños divertirse, que no sentía sus risas frescas como el agua disipada en una nube.
Todo ocurrió una mañana, en donde, entre los sonidos de las pisadas y alguno que otro grito, me despertaron de algo que me pareció un largo descanso. Los observé desde el banco del jardín, jugaban a las escondidas. En la línea de mi vista se interponían varias ramas de plantas víctimas del descuido, alguna que otra flor silvestre y llamativa sobrevivía entre la maleza. Además de eso, el césped llegaba cerca de las rodillas y varios yuyos se habían apoderado de todo el lugar...
En su sitio, a la niña le tocó esconderse mientas que el jovencito esperaba, apoyado en un árbol, ocultando de sus ojos el resto del mundo. A su lado, indecisa, la nena buscaba un lugar donde camuflarse, así pasaría por desapercibida y lograría ganar el juego. Giro la cabeza varias veces a su alrededor, pero no se atrevía a avanzar hacia ninguna dirección. En un momento oportuno en que descubrió la casa rebosante de enredaderas cubriéndola, corrió sin más hacia su interior, atravesando antes el espeso, pero angosto, bosque que la separaba de ella. La puerta se hallaba sin nada que impidiera que la atravesara, giró el picaporte y entró. El polvo y las telarañas no la detuvieron, avanzó hasta una habitación contigua al hall y ahí se ocultó. Aguardó de pie hasta el cansancio, se sentó y apoyó la palma de sus manos sobre la panza, se veía hambrienta, esto lo deduje porque sacó de su bolsillo una pequeña galleta y la enguyó. Se aburrió de la espera y comenzó a revisar lo que había en la casa. Como todo se encontraba en orden, salí otra vez y me dediqué a contemplar las flores que antes no había visto.
Un rato después, salió de la casa con algo en la mano, agitándolo, como si hubiera descubierto un gran tesoro. Corrió hasta su amigo para mostrárselo, ambos quedaron absortos contemplando aquellas letras que manchan de tinta un retazo de papel que parecía esconder algo, pero, aún así, no tardaron mucho tiempo en esconderlo en un bolsillo para luego continuar disfrutando de la tarde, con sus sombras y luces producto de la calidez del sol, sobre este pequeño y vívido paisaje de cuadro, enmarcado por el aroma del pino que custodiaba la entrada al desolado hogar.