Al alba se levanta Inea, predispuesta para un nuevo día de trabajo. Llama a Tonák y le indica que recoja la vasija de arcilla para que vaya al río en busca de agua. Ilía, la niña, se le acerca con ojitos brillosos para pedirle permiso. Ella también quiere ir al río. La madre los despide, no sin antes pedirles que tengan cuidado.
Y allá van, tomando el camino noreste, pasando a través de árboles y por encima de hierbas diversas, en busca del más preciado recurso que tiene la villa, el agua potable. Ilía va tarareando una canción en voz baja, su mochilita de lino dándole ligeros golpes contra la espalda mientras camina. Tonák va alerta, con todos los ojos abiertos, en busca de algo que le atrape la atención, aunque sin mucha suerte. Y no es que esté muy interesado en la naturaleza, sino que recuerda a viva voz los cuentos de hadas que la señorita Zuleuta le contó, que lo han predispuesto a buscar círculos de hadas hechos de hojitas en el piso, o figuras con formas de dríadas en los troncos de los árboles, o cuevitas de duendes en los mismos. Hoy no tiene suerte, pero sigue ilusionado y estos pensamientos le nutren el alma dejándosela liviana.
A Ilía le gusta ver bichos de todas las formas y colores. Es muy niña y curiosa, así que le ha consultado a la señorita Zuleuta y a los demás adultos de la villa para que le enseñen acerca de estos diminutos seres. Ellos, sin embargo, de lo único que saben es de plagas y de largas temporadas sin cosecha.
Llegan al río y llenan sus vasijas con su agua. Ilía deposita la suya a su lado y sumerge la mano para intentar atrapar un pez. Tonák, bebe usando sus manos como cuencos, para luego detenerse a observar como el agua refleja los colores de su entorno. El verde de las copas de los árboles, el blanco de la luz del sol y poco celeste, cortesía de un pequeño pedazo de cielo que se logra colar entre la forestación.
"¿Le has dicho a papá a dónde metiste la trampa para aves?"
Pero la niña no se da por aludida; gira su cabeza hacia el agua y tararea otra canción, esta vez es una acerca de pájaros que vuelan.
...
En la plaza principal de la aldea, se encuentran tres mujeres. Inea, Beki y Gina.
Beki, siendo panadera por oficio y vocación, se encuentra moliendo trigo con un mortero. Ella recuerda su viejo molino en su hogar natal y lo extraña.
Gina canta versos y estrofas cortas y reiterativas.
"¿Por cuánto has pasado?
Oh, mi breve amor.
Dime lo que sientes,
dilo por favor"
Escucha Inea mientras teje con su telar el tributo anual que le corresponde pagar al Señor. Esta vez es una alfombra de vivos colores rojizos y ocres.
"Algún día tendrás que pensar en mejores letras" le comenta Beki a la cantante.
"Pero hasta que ese día llegue..." agrega Inea.
"¡Tomalo, ay Conde, ay Conde!
Tomalo que allá se fue" sigue Gina cantando, como si el comentario jamás le hubiera llegado.
Inea deja el telar y respira hondo. "Beki, te quiero consultar algo."
Beki sigue moliendo su trigo "Sí, dime."
"¿Qué es lo que hace que la masa crezca y le salgan agujeros?"
Beki se detiene y levanta la mirada. "Es algo complicado de explicar, tendría que mostrartelo," se rasca la cabeza. "Es más, estoy pensando seriamente en buscar alguien a quien enseñarle mi oficio. Sé que estás muy ocupada, pero si realmente te interesa, puedo enseñarte."
Irám.
"¡Irám, ven, hijo!" le dice, al verlo acercarse.
Irám, que ha escuchado el final del intercambio, se asoma con curiosidad.
"¿Puedo?"
"¿Puede?" cuestiona Beki. "A este mamerto lo he visto tirar cosas y quemarse, ¿realmente puede hacerlo?"
Irám encoje la cabeza y se le cae la mirada al suelo.
"Es un hombre muy capaz, mi muchacho." Aclara Inea. "Irám, tendrías que mostrarle lo que haces con los nudos."
"Y con los pequeños cajones que ha hecho para mi armario, este niño tiene mano para los detalles." Dice Gina, asomándose a la conversación.